La chica que vendía pescado en el puesto de la feria alta y flaca, con
las manos frías y la tez muy pálida, parecía la Diosa del Mar que arrinconada
en ese puesto languidecía lentamente. Mitad ser humano, mitad pez, toda ella
completa con sus sueños perdidos ¡AH! Si fuera posible cual tempestad de olas y
de vientos, poder arrancarla de la feria y ubicarla en el mar, su mar,
nuevamente.
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Yo se que sufres en la oficina día a día todos los días. Deseando otro
lugar, otra tarea, otro ambiente distinto al que hoy tienes. Yo se que sufres
en la oficina y no por hoy también por el futuro de días repetidos
estúpidamente. Yo sé que no puedes dar el salto para cambiar de rumbo allí
donde te gusta, donde está esperando tu destino a que vos aparezcas, yo sé y
por lo que se, sufro en silencio esta rutina.
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Me dijo la chica boliviana que vendía verdura en la feria, que si
pudiera verla sin prejuicio y desnuda de amor y de tristeza, me daría cuenta
que es igual a todas las mujeres de distintas etnias. Yo no supe que decirle,
pero para probarlo me fui con ella.
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Caía la tarde y arreciaba la lluvia el granizo y el viento, toda la
furia de la que hacen gala los elementos. Toda la furia y yo tan tranquilo,
dentro de casa escribiendo un cuento.
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En el Mar de Java se levanta imponente Yakarta, con sus palacios y sus
templos y sus magos creando conjuros, bajo la luz de transparentes lámparas que
albergan a miles de genios del destino y de la suerte. En una ventana que da al
mar, perteneciente a un alto palacio, la hechicera Magú mira las aguas. Ella
también dueña de un par de hechizos arrojó a las aguas su conjuro, esperando
que aquel pirata que deseaba cayera en las redes de su antojo, pero todo fue en
vano, las redes de su magia cortadas fueron, por el filo de la cimitarra del
gentil navegante que un día, se fuera del palacio jurando no volver.
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