miércoles, 29 de mayo de 2013

CUENTOS BREVES VII



La chica que vendía pescado en el puesto de la feria alta y flaca, con las manos frías y la tez muy pálida, parecía la Diosa del Mar que arrinconada en ese puesto languidecía lentamente. Mitad ser humano, mitad pez, toda ella completa con sus sueños perdidos ¡AH! Si fuera posible cual tempestad de olas y de vientos, poder arrancarla de la feria y ubicarla en el mar, su mar, nuevamente.

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Yo se que sufres en la oficina día a día todos los días. Deseando otro lugar, otra tarea, otro ambiente distinto al que hoy tienes. Yo se que sufres en la oficina y no por hoy también por el futuro de días repetidos estúpidamente. Yo sé que no puedes dar el salto para cambiar de rumbo allí donde te gusta, donde está esperando tu destino a que vos aparezcas, yo sé y por lo que se, sufro en silencio esta rutina.

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Me dijo la chica boliviana que vendía verdura en la feria, que si pudiera verla sin prejuicio y desnuda de amor y de tristeza, me daría cuenta que es igual a todas las mujeres de distintas etnias. Yo no supe que decirle, pero para probarlo me fui con ella.

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Caía la tarde y arreciaba la lluvia el granizo y el viento, toda la furia de la que hacen gala los elementos. Toda la furia y yo tan tranquilo, dentro de casa escribiendo un cuento.

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En el Mar de Java se levanta imponente Yakarta, con sus palacios y sus templos y sus magos creando conjuros, bajo la luz de transparentes lámparas que albergan a miles de genios del destino y de la suerte. En una ventana que da al mar, perteneciente a un alto palacio, la hechicera Magú mira las aguas. Ella también dueña de un par de hechizos arrojó a las aguas su conjuro, esperando que aquel pirata que deseaba cayera en las redes de su antojo, pero todo fue en vano, las redes de su magia cortadas fueron, por el filo de la cimitarra del gentil navegante que un día, se fuera del palacio jurando no volver.

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