Bueno jefe aquí llegamos
dijo, mientras apagaba el motor del auto. El hombre sentado al lado del él sin
decir palabra, saco un revolver de su cintura y lo levanto hacia la cien de quien
manejaba, cuando el cañón del arma estaba sobre ella disparo. Eso será lo único
comprobable –el momento del disparo- porque quien mato al jefe nunca se sabrá.
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Soñó que había hecho el amor
con ella, al tiempo debió hacerse cargo del hijo de ambos.
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Sorprendida de improviso se
encontró a un hombre con alas en vez de brazos, este sin decirle nada levanto
vuelo y se alejo.
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Sola en su casa mientras
dormía, a eso de la madrugada la despertó un fuerte golpe en la puerta de
entrada, aterrada bajo a ver de qué se trataba. Ya frente a la puerta temblando
se le ocurrió preguntar ¿Quien anda
ahí? -algo le respondió- Soy una
estrella que me caí del cielo pero ya me voy.
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Sentada al atardecer en la
playa frente al mar, se dejaba llevar por el ensueño de su fantasía y gozaba
con el hermoso espectáculo de la inmensidad del océano y del resplandor del sol en el horizonte. En
eso estaba, cuando de pronto y frente a ella se abrieron las aguas, las olas se
convirtieron en rígidas ondas de bello
decorado y del seco lecho, surgió un monstruo rugiendo fuego por su boca y aire
caliente por sus orejas rojas. Ella, asustada no supo que decir, el, al notar
su presencia solo dijo con vos de trueno,
no digas nada nadie te creerá.
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Una joven mujer enamorada
busco en dios su última palabra y fue a hincarse frente al altar, en un templo
de los arrabales de la gran ciudad. Levanto los ojos e inquirió al supremo con
vos trémula ¿Me quiere? Y el señor, desde lo profundo de su sabio poder le
respondió. Como saberlo hija mía, no hace mucho otra mujer tan sufrida como vos,
me hizo la misma pregunta.
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Ambos dos después de tener
una relación sexual de espaldas en el lecho y con los ojos clavados en el techo
de la habitación, hablaron así. ¿Te gustó? Si mucho.
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Volviendo una mañana al
Barrio Chino y recorriendo sus locales, de pronto se topo con un llavero de
cuatro escarabajos, encadenados a
distinta altura y engarzados en una pequeña cadenita, dispuesto a comprarlo
agarro al llavero por el escarabajo más próximo a la argolla donde van las
llaves. Fue en ese momento que un resplandor azul ilumino el local y una nube
blanca por un instante no mas, impidió ver el interior del mismo, después todo
volvió a la normalidad. Pero él asombrado se encontró frente a cuatro bellas
jóvenes orientales, que lo miraban dulcemente y con un detalle aún más extraño
que le llamo la atención, ambas las cuatro estaban a él unidas por una cadenita
muy fina, similar a la del llavero que por supuesto había desaparecido.
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Esa noche se le había hecho tarde
y volvía con cierto recelo a su casa, días atrás le contaron de un asalto que un
vecino sufriera en el barrio, justo a la noche y en el mismo lugar por donde el
transitaba ahora. Esta circunstancia fortuita por cierto lo intranquilizaba sobremanera,
así la cosa, decidió no darle importancia a sus pensamientos y ponerse a silbar,
ya que con el silbido se sentía más seguro. No fue comenzar a silbar cuando de improviso,
dos sujetos lo abordaron con armas y lo asaltaron, antes de dejarlo le dijeron.
Gracias por silbar, ya nos íbamos porque creíamos que no vendría nadie.
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Le dijeron que era lo mismo malo
que bueno entonces, él pidió regular.
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