Nació en Éfeso, fue hijo de Blisón y lo llamaron Heráclito y por sus
escritos el oscuro, no ambiciono riquezas ni poder alguno, solo la reflexión
filosófica y la introspección religiosa fueron su norte. Frecuentó el Templo de
Artemisa del cual llegó a ser Sacerdote. En el juego de dados entreveró su
destino y en la vida contemplativa inició su camino. Dijo que era mejor esto
que gobernar la república, fastidiado de los hombres se retiró a los montes,
donde autodidacta formó sus pensamientos, en pos de poseer un reino lo cedió a
su hermano y dado a la meditación prefirió escribir antes que hablar. Entregó
al Templo de Artemisa su libro De la Naturaleza, hecho de su melancolía y su
silencio. En el sostenía que todo proviene del fuego y en él, se resuelven las
cosas según el deseo de los Hados, por la conversión de los contrarios formados
por almas y demonios, siendo la naturaleza de la primera difícil de hallar.
Seguro de que las cosas fluyen y en consecuencia cambian, dio como ejemplo el
curso de un rio, en donde se entra y no se entra, pues somos y no somos los
mismos. Determinó que el universo es infinito y el mundo único producido por el
fuego, que la mutación, es un camino ascendente o descendente y este movimiento,
es lo que genera cambios en los astros, que el fuego da lugar al agua y que del
agua, proviene la tierra, siendo este el camino descendente. Que la evaporación
del mar es su contrario, que el día, la noche, los meses, las estaciones
anuales, los años, las lluvias y los vientos y cosas semejantes, se producen de
acuerdo a las diferencias de exhalaciones y el mismo, según una diferencia de
exhalación, entregó su alma -cuya naturaleza era difícil de hallar- a la diosa
Deméter, en el Templo de Artemisa, justo en el primer día del comienzo de las
festividades de tesmoforias.
viernes, 22 de noviembre de 2013
lunes, 18 de noviembre de 2013
BREVES
Si caminas en veredas opuestas
nunca llegarás.
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--Es imposible cambiar.
--¿Es imposible?
--Inténtalo y verás.
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Nunca la mires a los
ojos cuando te hable, porque no sabrás lo que te dice.
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Colgué en la soga el
paño del amor y el cálido viento lo seco, el paño del dolor a continuación colgué
y no hubo sol ni viento que lo pudiera secar.
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Yo soy culpable –dijo- y
miró hacia lo alto. El día se alejaba velozmente y el anochecer, aparecía en el
claroscuro del cielo como un manto, que cubriera todos los pecados y diera la
paz, tal vez inmerecida. Yo soy culpable –volvió a repetir- y se encaminó
lentamente, hacía las vías del ferrocarril cercano, levanto con la bolsita la
caca de su perro y ya más tranquilo, la tiró en un conteiner.
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Busco entre sus ropas y
no encontró sus senos, asustada, fue en búsqueda de quien estaba segura, se los
había llevado.
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No soy aquel pensó
mientras buscaba al otro que no estaba.
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En el distrito lejano de
Wat-Side sobre la amplia calle del pueblo, dos hombres frente a frente juegan
su vida, el uno representa la ley, el otro es quien no la cumple, un tercero
con intereses en ambas partes espera el resultado.
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La fórmula pensó él, allí
estaba impresa en el papel y al alcance de quien quiera tomarla. La fórmula consecuencia
de la exacta matemática, que interpreta a una física teórica, que a su vez
determina indeterminadamente a las realidades físicas -ilusiones puras de un
simple electrón, ubicado en algún lado de los muchos previsibles- que aparecen
en este segmento de universo en el cual nos encontramos, estaba allí, para ser
usada en provecho propio quizás, o en un gesto más altruista en el de todos
aquellos que alcancen a comprenderla en toda su plenitud. La fórmula F igual a
X por Z sobre U no era ni más ni menos que la formula de la felicidad esa tan
deseada y nunca alcanzada donde X es uno mismo Z el destino y U el tiempo que
se desea ser feliz.
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Sentado en una sala de
espera mientras esperaba ser atendido, llegaba a la conclusión que no se puede
escribir en una sala de espera. Porque viene el de la máquina de café y cambia
su contenido, una mujer se sienta al lado y juega con su celular, otra habla
por él y una tercera, tiene los auriculares altos de su música privada que
deja de ser tal, mientras los altavoces anuncian que fulana y mengano deben
concurrir a algún lugar. Las puertas se abren y se cierran y los goznes, chirrían
su música de espanto y en el mientras tanto ningún texto se puede hilvanar, porque
el hilo del barullo se escapa del agujero de la aguja del intento. Solo queda
el papel en blanco y el ruido que cubre al silencio.
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