Si caminas en veredas opuestas
nunca llegarás.
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--Es imposible cambiar.
--¿Es imposible?
--Inténtalo y verás.
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Nunca la mires a los
ojos cuando te hable, porque no sabrás lo que te dice.
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Colgué en la soga el
paño del amor y el cálido viento lo seco, el paño del dolor a continuación colgué
y no hubo sol ni viento que lo pudiera secar.
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Yo soy culpable –dijo- y
miró hacia lo alto. El día se alejaba velozmente y el anochecer, aparecía en el
claroscuro del cielo como un manto, que cubriera todos los pecados y diera la
paz, tal vez inmerecida. Yo soy culpable –volvió a repetir- y se encaminó
lentamente, hacía las vías del ferrocarril cercano, levanto con la bolsita la
caca de su perro y ya más tranquilo, la tiró en un conteiner.
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Busco entre sus ropas y
no encontró sus senos, asustada, fue en búsqueda de quien estaba segura, se los
había llevado.
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No soy aquel pensó
mientras buscaba al otro que no estaba.
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En el distrito lejano de
Wat-Side sobre la amplia calle del pueblo, dos hombres frente a frente juegan
su vida, el uno representa la ley, el otro es quien no la cumple, un tercero
con intereses en ambas partes espera el resultado.
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La fórmula pensó él, allí
estaba impresa en el papel y al alcance de quien quiera tomarla. La fórmula consecuencia
de la exacta matemática, que interpreta a una física teórica, que a su vez
determina indeterminadamente a las realidades físicas -ilusiones puras de un
simple electrón, ubicado en algún lado de los muchos previsibles- que aparecen
en este segmento de universo en el cual nos encontramos, estaba allí, para ser
usada en provecho propio quizás, o en un gesto más altruista en el de todos
aquellos que alcancen a comprenderla en toda su plenitud. La fórmula F igual a
X por Z sobre U no era ni más ni menos que la formula de la felicidad esa tan
deseada y nunca alcanzada donde X es uno mismo Z el destino y U el tiempo que
se desea ser feliz.
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Sentado en una sala de
espera mientras esperaba ser atendido, llegaba a la conclusión que no se puede
escribir en una sala de espera. Porque viene el de la máquina de café y cambia
su contenido, una mujer se sienta al lado y juega con su celular, otra habla
por él y una tercera, tiene los auriculares altos de su música privada que
deja de ser tal, mientras los altavoces anuncian que fulana y mengano deben
concurrir a algún lugar. Las puertas se abren y se cierran y los goznes, chirrían
su música de espanto y en el mientras tanto ningún texto se puede hilvanar, porque
el hilo del barullo se escapa del agujero de la aguja del intento. Solo queda
el papel en blanco y el ruido que cubre al silencio.
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