Con tranquilidad propia de la lectura recorría la librería de viejos,
buscando en una mesa algún libro que le interesara, los dejaba pasar
distraídamente uno a continuación de otro, que su mano dejaba caer de la hilera
inclinada donde estos se apilaban sobre la mesa, cuando de pronto uno de ellos
le llamó la atención. Lo retiró del montón y se dispuso a leerlo, para su
asombro descubrió que no tenía título, sino solo el nombre del autor y al
abrirlo para hojearlo, se encontró con que la primera página, era un espejo tan
fino y flexible como una hoja de papel. Al mirarse en él le pareció de pronto,
que el libro no era otra cosa que el relato de su vida y tan era así, que sin
darse cuenta atravesó el espejo y comenzó a recorrer páginas y páginas, donde
estaba presente su pasado, en todas las formas que quedaron grabadas en el
tiempo, que hasta ese momento le había tocado vivir, allí descubría nuevamente
situaciones agradables junto a otras horribles, peligros y acechanzas,
instantes de paz y esperanza, todos ellos conformando su vida y existencia. Temblando
levemente, de pronto se encontró con las dos manos fuertemente apoyadas en la
mesa de saldos.
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