Siempre había tenido miedo y esa tarde, como era previsible manejando
por la ruta hacia un pueblo desconocido de la provincia, también lo tenía. Pero
cosa ilógica, el viaje que hacia según creía él, de acuerdo a lo que le habían
dicho, terminaría con este flagelo que le arruinara desde siempre toda su vida.
Le dijeron y él pensaba que podría ser -por eso iba- que en un determinado
pueblo, una señora nacida y criada en el lugar, curaba el miedo, solo era ir a
verla y hablar con ella y ya nunca más uno tendría temor. ¿Será verdad se dijo?
Y rápidamente se contesto ¡Que sí! Que podía ser, que él creía y entonces,
salió a la ruta y allí andaba rumbo a su destino, a terminar de una vez y para
siempre con esa sensación que le impedía ser feliz. Fue aminorando la marcha y
prestando atención a las señales de la ruta, por lo que estas le indicaban, ya
estaría cerca y no se equivocaba, al rato un cartel anunciaba desvío a la
izquierda, tomar por rotonda, entrada al pueblo tal y allá fue él, con su vida
y su miedo, en pos de una ilusión, no tener más miedo.
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