Me da fuego señor. Como
al que le pedía era mago este, entregó vivas llamas en las manos del otro que salió
corriendo.
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Muy pocas flores hay en
el mundo, la mayoría son yuyos de diferentes especies que luchan por sobrevivir.
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Sobre la larga pared del
cementerio y cerca de la puerta del mismo que da a la calle Guzmán, una
florista vende sus flores mientras conversa con un hombre, adentro, esas mismas
flores reposan sobre el silencio eterno de los que han callado para siempre.
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Compungido estaba
Monseñor y decidió ir al Templo, a rezar en el, a esas horas de la madrugada la
soledad del mismo le haría bien. Dejo sus aposentos y con sigilo para no ser
escuchado por nadie, se encamino hacia el Ágora, lentamente fue atravesando los
pasillos adornados por esbeltas columnas romanas, que siguiéndolas lo llevarían
al interior del mismo una vez allí, ya a la altura del altar, bajo por la
escalera de madera de ébano que lo conducía directamente a la larga mesa donde
se oficiaba la misa. Parado a un costado de ella y frente a los bancos vacios y
silenciosos, donde los fieles se sentaban diariamente para escucharle, recorrió
la vista por todo el recinto. Vio los confesionarios, las paredes revestidas de
santos y procesiones alegóricas y allá arriba y a lo lejos, el órgano ahora
silencioso. Sobre si mismo noto y presintió la imagen de Cristo, esculpida en
madera con los brazos extendidos, a media altura, entre las altas bóvedas de la
cúpula y los mármoles del suelo, todo ello enmarcado en una escenografía
bizantina, de manteles de hilo bordados, altares grandes y pequeños, pulpitos y
pilastras, escaleras que subían y bajaban, ramos de hermosas flores que
adornaban el amplio espacio donde se dicen los sermones y todo el templo en
penumbra, salvo la tenue claridad que le daba la luminosa luna, entrando por
los vitraux de las alturas y el allí, en la madrugada de ese día, se sintió
Dios y se elevo a los cielos y desapareció de este mundo.
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--Llegue al final de mi
vida y jamás he amado.
--Empezala de nuevo.
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Quince días sin pausa rompiendo y cavando la
tierra dura, hasta que al fin por suerte arribaron en el centro exacto de la
habitación, donde seguro se encontraba la caja de caudales. Exhaustos pero
felices efectivamente la vieron y corrieron hacia ella, herramientas en mano
como expertos cerrajeros, comenzaron a abrirla y no todo fue en vano, porque
después de muchos esfuerzos, esta cedió a los forcejeos de ellos y se abrió.
Retrocedieron espantados, el tesoro era inmenso pero más aun el conjuro que lo
protegía. Aquel de aquellos que tomara posesión del mismo, seria atacado de
muerte en el instante que lo haga. Todos se miraron ¿Estarían dispuestos a morir
por poseerlo? después de todo ¿Que es la fortuna más que la vida? se dijo uno
de ellos y otro respondió, la fortuna sin vida es un vaso vacio, del cual nunca
vamos a tomar su contenido. ¿Qué hacemos entonces? dijeron varios, se me ocurre
una idea dijo uno que parecía ser el jefe ¿Cuál? le respondieron todos. Que lo
resuelva el lector.
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El decía que la china
era su esposa y la peruana su empleada y que a la segunda la podía echar si
trabajaba mal, pero a la primera no por el vinculo que los unía. Un día de
tantos, mientras andaba con su máquina de cortar fiambre, escucho un quejido y
vio como su espíritu le reprochaba esos pensamientos, desde entonces cada vez
que cortaba fiambre, se le aparecía el espíritu y volvían los reproches, sin
saber muy bien qué hacer y cansado de todo esto, al fin un día para volver a
cortar fiambre tranquilo, hecho a su mujer y se quedo con la peruana.
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