Vuela el pájaro de una a
otra rama, cruza el ave el lago encantado y desciende sobre la falda de la
bella, que duerme el sueño de los enamorados. El picaflor, ese pequeño demiurgo
carpintero de flor en flor recorre las orillas y cargado de néctar y olores, va
a posarse sobre aquella, a la que arrulla el canto de los ruiseñores. Todo es
paz en ambas orillas, la brisa suave acomoda el paisaje y un benteveo adorna sus
plumas cual si cambiara infinitos trajes. El mediodía es la hora del día en que
esto acontece y tanta paz, de pronto se estremece en el estruendo de un
formidable rayo, que se origina en el celeste cielo y trae a estos lugares a
Juan El Temerario, Príncipe del Imperio, poderoso señor de estos lares. Inquieta
la durmiente se despierta, ya las aves han huido de su lado y ve acercársele al
príncipe despacio, lentamente, como diestro observador a la obra de arte. Es ahí
que su voz escapa de su cuerpo y pregunta el aire circundante.
--¿Quién sos? ¿A qué
vienes?
--Soy el Príncipe Juan
El Temerario, te he visto desde el campanario y vengo a cerciorarme si es
cierto, lo que mis ojos han observado de tan lejos.
--¿Y a que conclusión
llegas?
--A que les falto vuelo
se quedaron cortos en calibrar tu belleza, no alcanzarían todas las flores para
decirte bella, ni el canto de los pájaros, para comparar tu voz con el sonido
estelar de las estrellas.
--Me adulas príncipe sin saber nada de mí, eres
audaz.
--Soy temerario.
--Si tanto lo sos espero
no te defraude saber quién soy.
--¿Quién eres?
--Soy una lamia, una
serpiente y lo que ves de mí es producto de tu imaginación.
--¡Por los sabios terrenales!
Entonces yo imagino tu existencia y si dejara de imaginar vos para mi dejarías
de existir.
--Así es, Odín lo ha
dispuesto de esa forma y él sabe lo que hace.
--Pero yo deseo tenerte ¿Qué
debo hacer para lograrlo?
--Deberás estar conmigo
pero sin estarlo, ya que nunca tendrás la certeza de hallarte en mí.
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